Wanderlust



Hace algunos días vi este concepto gringo en algún sitio web y me puso a pensar. Durante mi tiempo de viajero ocasional y en las actividades relacionadas con extranjeros, como el intercambio de idiomas o mi club de running, conocí a varias personas que se jactaban de tener esta condición. Bueno, en realidad, nadie lo decía con ese nombre, pero sí todos tenían algo en común: la sed de viajar. Básicamente, eso sería el “wanderlust.”

Hace exactamente un año tuve en Santiago la visita de J, una chica inglesa de 33 años que había conocido algunos meses antes en Buenos Aires. Compartí mi habitación de la hostal con ella por una semana más o menos y, cómo siempre, tuvimos de esas conversaciones mías, llenas de sentimientos y reflexiones de la vida. Continuamos la misma dinámica mientras ella estuvo en Chile y yo auspicié como su guía personal por mi ciudad.

“Me encanta viajar” me dijo un día, “pero ya llevo haciéndolo durante un año y medio, por todo el Sudeste Asiático y Latinoamérica. Me quedan todavía 5 meses de viaje y ya quiero volver a casa. Estoy agotada.” Sí, se veía exhausta. Viajar es un placer, pero hacerlo por períodos prolongados desgasta a cualquiera. Pero, por lo que hablé con ella, habían razones más profundas que sólo el agotamiento mental y físico de estar constantemente moviéndose. “Estoy aburrida de conocer gente nueva y las mismas preguntas de siempre: dónde vas, de dónde vienes, cuánto tiempo viajas… todo es tan superficial, tan vacío.”

A mí también me gusta viajar. Me fascina llegar temprano al aeropuerto y esa expectación de esperar la hora en que finalmente puedo subirme al avión. Disfruto conocer nuevos lugares, compartir con personas nuevas y vivir experiencias distintas. Pero también me gusta tener un hogar al que volver, amigos a los que contar mis anécdotas y una familia a la que le puedo encargar que me rieguen las plantas mientras yo no estoy. Para mí, viajar es sólo una cosa más de la vida, no la vida misma. Pero no es una conclusión a la que llego por mi propia observación. Mi opinión está nutrida por la información que he recopilado de viajeros intensos, de esos que sí tienen wanderlust.

“Trabajo mucho para poder viajar lo más posible” me dijo otra chica. Era una americana que ha venido varias veces a Latinoamérica y que también había recorrido otros lugares del mundo. “Deberías venir a vivir acá entonces” le dije. “Si encuentro un marido latino lo haré” me respondió. Soltera, 30 años y buscando un hombre que justifique que el próximo ticket de avión que compre hacia acá sea sólo de ida. No parece ser la única persona en la misma búsqueda.

La verdad es que no terminaba de comprender a cabalidad el wanderlust aún. Una buena amiga extranjera que me hice en Santiago hace algunos meses me dio una pequeña pista adicional. Trabajó años en Londres para una gran firma financiera, ganando muy buen dinero por hacer que algunos ricos se hicieran todavía más ricos. Luego dejó de verle el sentido a tener una vida de mierda trabajando para personas de mierda, tratando de relajarse gastando 300 o 400 dólares cada fin de semana en una noche de fiesta en la ciudad. Renunció a su empleo y se vino a trabajar a Chile, enseñando inglés. Pero pasaron los meses y tampoco le vio sentido a eso. Tomó sus cosas y volvió a armar sus maletas. Ahora está en otro país de Latinoamérica, intentando mejorar su español y en busca de alguna ONG en la que trabajar como voluntaria. Buscando sentido.

Sí, viajar te puede ayudar a hallar un sentido, pero el viaje tiene que tener algún objetivo. Más que eso, un fin. Porque la vida en sí es un viaje; vivir viajando es una redundancia. Es por eso que miro con recelo esto del wanderlust. Esta ansiedad por salir, desconectarse; más que un mero placer parece tener otras connotaciones. Sólo imaginar a estas personas que no pueden quedarse quietas en un sitio, que quieren verlo todo… no sé, es penoso. Parecen tener problemas que van más allá de un simple hastío de la rutina normal.

Quizás esta analogía sea un poco dura, pero creo que esta desesperación de viajar es parecida a tener sexo con alguien que no te gusta. Ruegas a Dios que el período refractario sea lo más corto posible, para que lo incómodo de ese descanso sea reemplazado lo antes posible por otro encuentro sexual que te haga olvidar lo desagradable de estar junto a esa persona. Reemplacen el sexo por el viaje y a la otra persona por la vida. Una vida que la víctima del wanderlust parece odiar.

Conocí a otro personaje que experimentaba esta situación. Era de esas personas que se sentían orgullosas de vagar por el mundo, sin querer quedarse en un lugar fijo por más de algunos meses. Pero tras esa sonrisa no se veía más que pena. Pronto debía irse nuevamente y continuar su viaje. Dejaría atrás, por enésima vez, a amigos y personas importantes que había conocido durante el último tiempo. Partiría a seguir recorriendo el mundo, abandonando el mundo propio que había creado a su alrededor. “Odio esto. Odio decir adiós, odio las despedidas, odio dejar atrás a mis amigos. Odio tener que tener que reconstruir toda mi vida de nuevo” me decía esta persona. Le pregunté que porqué lo seguía haciendo entonces, y ella me respondió “porque quiero hacerlo… tengo que hacerlo. No puedo quedarme en un solo lugar.” Triste. Muy triste.

Y ya a punto de finalizar esta columna me encontré con un conocido de mi adolescencia. Recién hoy, tras años de conocernos, tuvimos una conversación decente. Él venía llegando de un viaje de más de tres meses, luego de que varios episodios negativos lo motivaron a buscar una salida. Apenas llevaba unos días acá en Santiago y ya el wanderlust lo acosaba. “Quiero volver a viajar, necesito salir de aquí.” Se veía angustiado, desesperado, al decir esto. ¿Pero no están todos así? ¿No es esta condición, este sentimiento, sólo eso? ¿No es acaso el wanderlust simplemente una forma más entretenida de escapar de la realidad? No, incluso peor. Escapar de uno mismo.

En fin, no puedo generalizar. Cada persona tiene sus propias razones para esta búsqueda constante de conocer nuevos lugares. Pero por lo que he aprendido de la gente que he conocido, la mayoría está tratando de encontrarse a sí misma o huyendo de algo, de alguien o de su propio ser. Pero por más que viajes, siempre serás el mismo. Sólo cambia el escenario, pero el personaje principal de la película sigue siendo el mismo: tú. Y si bien la vida es un cúmulo de experiencias, el viajar para adquirirlas no es la solución, ya que las verdaderamente trascendentales no se pueden forzar ni crear artificialmente. El tratar de hacerlo es sólo crear anécdotas, fotos sin mayor significado en tu cabeza. Lo que realmente marca tu vida no son los lugares, es la gente que conoces en ellos; y no es la cantidad lo que genera la diferencia, es la calidad. Ceder a este deseo de viajar sin detenerse puede ser divertido por un tiempo, pero sólo te dejará vacío al final. ¿O cuánta distancia debes recorrer para darte cuenta de que no se pondrá mejor que lo que dejaste atrás?

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