Retroceder el tiempo

Lidiar con el corazón roto ha sido mucho más difícil de lo que pensaba. Si a eso le sumamos que además tengo un pie roto, el mal rato está asegurado. Combinar el encierro, una reducción considerable de mis interacciones sociales y muy poco contacto con el sexo opuesto; se ha formado a mi alrededor la receta perfecta para la depresión. Por suerte, no he caído en ésta. No estoy feliz tampoco, sino en un estado de tranquilidad y contemplación. Repaso mi historia personal en profundidad a diario, con especial énfasis en mi fracaso amoroso. Tengo que sacar algo positivo desde lo negativo que esto ha sido para mí.

Es en este estado de meditación y aburrimiento en que la televisión se ha convertido en mi aliada. Me distraigo viendo series y películas de todo tipo, tratando de vivir virtualmente lo que en este momento no puedo vivir de verdad. Es así que anoche tuve una noche de cine romántico, en la cual vi un filme tan hermoso que me hizo llorar por lo menos un par de veces. Estoy hablando de la excelente cinta “About time”, que cuenta la historia de Tim, un tímido chico que descubre que tiene la habilidad de viajar al pasado y cambiarlo. Es así que utiliza esta habilidad para conquistar al amor de su vida y modificar otros episodios de su pasado. Una comedia romántica preciosa, que vale la pena ver.



Sin duda, la temática de “About time” es algo que muchos en mi situación han pensado. Poder retroceder el tiempo para volver a estar con la persona que amé es algo que me he planteado varias veces. Mi imaginación vuela hacia el pasado y me sitúo a mí mismo nuevamente dentro de esos recuerdos. Ser capaz de volver a estar frente a mi hermosa vikinga en aquel bar en la Plaza Yungay, en el segundo exacto en que nuestras almas se conectaron durante una intensa conversación, esa fría noche de Junio. O nuestro primer beso, descoordinado, estúpido y borracho. O despertar en mi cama a su lado, luego de la segunda noche que pasamos juntos, viendo sus ojos azules mirando a los míos, pensando en lo afortunado que era en ese momento. O la primera vez que me dijo “te amo.” O la primera vez que yo se lo dije luego de una extenuante sesión de sexo, nuestros cuerpos tibios y húmedos, abrazando con fuerza el uno al otro sin querer dejar ir. O simplemente oír su sonrisa tras alguna estupidez de las que yo solía decir. O verla… sólo verla.

Mis recuerdos de esta corta e intensa relación son muy bellos. Si pudiera, volvería a vivir cada uno de ellos cientos, miles de veces. Pero cuando imagino esa situación fantástica en que de verdad pudiera viajar al pasado y verla de nuevo, siempre llego a la misma conclusión: la cagaría. Le diría “te amo” en el primer instante, o sólo sería capaz de abrazarla y llorar en su hombro, balbuceando incoherencias. O si pudiera regresar y conocerla antes, en sus primeros días en Chile, es muy probable que ella ni siquiera me hubiera considerado atractivo e interesante y no hubiera pasado del primer “hola.”

Cada vez que pienso en nuestra historia (y esto es algo que hago muy seguido últimamente), todo se ve tan perfectamente sincronizado que no tiene ningún espacio que se pueda modificar sin cambiarlo todo irremediablemente. Todo es tan perfecto que, si pudiera retroceder el tiempo, no cambiaría nada. Regresaría ahí sólo para vivir cada segundo de lo nuestro, de ella, una vez más.

Dejaré todos estos ejercicios mentales a los guionistas, directores y protagonistas de las películas. El pasado no se puede cambiar, somos nosotros los que cambiamos por éste. Ella cambió y yo también cambié. Mucho. Agradezco a Dios la oportunidad que me dio de conocerla, a ella por permitirme amarla y a mí mismo por haberlo hecho tan intensamente. Así como amé, sufrí. Pero he visto y experimentado las dos caras de la moneda, lo bueno y lo malo. Sé que puedo y quiero volver a amar. A ella, si es que por algún milagro vuelve a mí, o a otra que conozca en el camino. Porque mi destino, mi historia, mi vida, todo tiene sentido. Corazón y pie rotos incluidos.

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