Vikinga – Episodio 1 – Encuentro

No he sido completamente claro u honesto con respecto a esta historia. En un principio por ignorancia, luego miedo y al final, frustración. Es que aún ahora, mirando los hechos desde una cierta distancia, no puedo explicar todo lo que sucedió sin cierto aire de misticismo. No sé si todas las historias de amor son así o si sólo es la mía. Me gustaría pensar que la primera opción es la correcta. Es bonito creer que el amor es mágico.

Llevaba más de cuatro meses de abstinencia absoluta, luego de haber tenido una muy buena racha durante los dos últimos meses de 2012 y comienzos de este año. Pero todo eso se acabó con la crisis económica y vital que sufrí luego de cumplir los 30 y, claro, tras un incesante período de fiestas y viajes por Latinoamérica. En pocas palabras, estaba desesperado, y se notaba.

Después de intentar infructuosamente de conquistar a una irlandesa que conocí en reuniones de emprendedores, noté que había una opción entre las “gringas”. Comencé a asistir a otro tipo de reuniones para probar esta opción, por supuesto que en un ambiente más distendido. Así terminé conociendo a J, una gringa muy simpática por la cual no me sentí particularmente atraído (el hecho de que anduviera con su marido al lado pudo haber tenido algo que ver). Sin saberlo en ese entonces, esta chica sería el fósforo que encendería la mecha de esta dinamita llamada “destino”.

J celebró una fiesta de Half-Birthday, es decir, “Medio Cumpleaños” (sí, una celebración a 6 meses de su verdadero cumpleaños). Cuando recibí su invitación pensé que era un error, sólo la había visto una vez. Pero no fue un error, ella confirmó que estaba invitado al evento, y ahí estuve. Fue entonces que conocí a E, una delgada y bonita chica judía de los Estados Unidos; que pese a mi desafortunado comentario sobre su nariz (la que me dio la pista de su religión) no sólo me agregó a Facebook, si no que además aceptó ir por una cerveza conmigo a mi bar favorito del Barrio Lastarria, en Santiago de Chile.

Pese a lo bien que había resultado la fiesta, en términos de lo que estaba consiguiendo tras el medio-cumpleaños, lo que originalmente me llevó ahí fue el dato que J me podía dar sobre un grupo de inglés que era gratuito y más abocado a las fiestas. Y también lo conseguí. El martes, a dos días del evento, estuve en mi primera reunión de Spanglish. Mi objetivo era claro: conquistar a E. Pero mi suerte era muy esquiva, o eso pensé cuando la vi llegar con una amiga, evitándome casi por completo. Al menos tuve el consuelo de que la organizadora de la fiesta me puso a hablar con otra gringa, de Australia. La suerte parecía cambiar.

Al rato de estar en esta actividad de Spanglish me sentí completamente frustrado. La australiana con la que estaba hablando, con la que pensé tendría alguna posibilidad, pronto fue escoltada por su novio francés. En el otro extremo de bar en el que se realizaba la actividad, E se veía muy feliz hablando con otro tipo. Y yo, ahí, acompañado por esta pareja de extranjeros, pero solo. No importaba. Me bastaba aparentar interés en lo que me hablaban mientras miraba alrededor, tratando de ver alguna presa.

De la nada, una voz femenina con acento chileno me sacó de mi observación. Una chica rubia, de melena corta, estatura media y grandes gafas le hablaba en perfecto español a la pareja de tortolitos. “¿Chilena?” le pregunté, sorprendido por su apariencia extranjera. Ella rió. “No, soy de Noruega” respondió con una amplia sonrisa. Inmediatamente captó mi atención. La búsqueda se había acabado.

Los nombres fueron censurados para proteger a las “víctimas”.

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