Sin pantalones

Imagina la escena: un tipo flaco, de barba y pelo oscuro, sentado en un gran sofá rojo. Son las seis de la noche, afuera la temperatura es casi cero y la noche cayó hace un rato. Teclea y teclea en su computador palabras sin mucho sentido, tratando de sacar algo en limpio. Intentando cumplir la promesa que le hizo a su mamá el día anterior; que iba a escribir lo que saliera de su mente. Sin guión, sin preparación, sólo espontaneidad y poca conciencia. Y lo hace. Lo hago. El flaco soy yo. Eduardo, el primogénito, el amigo perdido, el amante olvidado -o por olvidar.

Chateo con una chica por Whatsapp. Es linda. Creo que le gusto, pero no estoy seguro. La historia se repite, como un ciclo interminable de atracción y rechazo, un imán que atrapa y empuja dependiendo de la polaridad y quizás que otra magia llamada “ciencia.” Pero no hay ciencia ni magia ni religión ni teoría mística que me permita entender a las mujeres. Y claro, ahí caigo en el lugar común. Ser hombre es devastador. Pero, para ser justo, tampoco entiendo a mis congéneres. No entiendo a la raza humana en su totalidad, tal como tampoco me entiendo -completamente- a mí mismo. ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Cuál es el sentido de todo? (Como si todo tuviera un sentido. La fe es lo último que se pierde cuando ya no hay nada más que perder, aunque la verdad es que nunca hubo nada. Pero esa es una historia muy larga para detenerla entre un paréntesis que ya se ha extendido demasiado.)

Me perdí. Entre el chat con la chica y el tratar de ser creativo y filosófico, simplemente me perdí. Es liberador perderse, ya que uno se deja arrastrar por el sinsentido y comienza a vibrar en la misma frecuencia del Universo, del Todo. Eres tú y Dios y Alá y Buda y todas las entidades espirituales que puedas imaginar. Ese magnifico caos. ¡Oh, la Gloria! Cierra tus ojos y respira hondo: siente como tus átomos chocan unos con otros y explosiones nucleares y reacciones químicas nos mantienen pegados andando y mirando y comiendo y cagando y durmiendo -cuando el insomnio no te consume y te come a pedazos.

Estoy obsesionado con el sexo. No lo entiendo y no me comprendo en él. Cómo ocurre, cómo se desarrolla y cómo mierda llego a ese momento. ¿Quién mierda puede querer follarme? ¿Por qué y para qué? O, ¿por qué no? Podría ser peor. Siempre. Pero no lo es. Es raro, pero no malo. Es. Sólo es. Y pensar que por 29 años sólo tuve una mujer. Qué diría el mí de aquél entonces cuando le dijera lo que he hecho en los últimos cuatro años. Las situaciones, las mujeres, las acciones, los olores, colores, sabores y sentimientos. Más caos, más locura. Una droga.

Una chica me dijo que mi obra de arte no era mi escritura, sino la vida que vivía para inspirarme y escribir. Mi vida es mi obra maestra. No lo voy a discutir. De todos los finales que pudo haber tenido mi existencia, éste es definitivamente el mejor. Va directamente conectado con la naturaleza caótica de toda la Creación. Y ésta es mi propia Creación.

Me debato ahora entre ir al gimnasio y prolongar -técnicamente- mi vida por unos días más. Por otro lado, no he ido en dos semanas y la verdad que tengo miedo a lesionarme. Especialmente porque la chica del chat decidió darse una vuelta por acá para “aclarar las cosas.” No sé si eso significa sexo, pero definitivamente implica algunas cervezas y horas de conversación. 90% de posibilidades de sexo, claro. Qué vida ésta.

Seguiré sin pantalones un rato. Sentado en mi sillón rojo, con mi ropa interior gris y mi falta de dignidad y sentido común intactos. No seré un buen escritor, pero soy un buen improvisador. No importa cuán loca una idea parezca, siempre digo que sí. “Sí mamá, voy a escribir lo primero que se me venga a la cabeza.” “Será interesante ver qué sale,” dijo ella. Y esta mierda salió. Podría haber sido peor.

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