Transatlántico. Capítulo 00: Expectativas.

Sinceramente, no sé que esperar de este viaje. Cruzar el Océano Atlántico, desde Chile a “las Europas,” no es algo que uno haga todos los días. De hecho, con suerte yo he salido de Chile algunas veces; volando en esos vuelos económicos que se sienten como viajar en un bus interprovincial, pero con alas y sin bingo a bordo. Y como si con cruzar la mitad del mundo, enfrentarme a las diferencias culturales e idiomas extraños no fueran suficiente, las razones que me llevan en esta travesía no son menores. Es un viaje de placer que, si bien de placentero tiene harto -reencontrarme con mi polola noruega después de un mes separados: ¡tiembla el Viejo Continente!-; también tiene un desafío bastante complicado: conocer a los suegros… y caerles relativamente bien.

Y pensar que hace un año, cuando conocí a mi polola, en mi cabeza sólo había conceptos genéricos de Noruega: nieve, salud y educación gratis, aborto legal, vikingos. Nada más. La cosa no ha cambiado mucho hasta ahora, un año después. Aún tengo miedo de que mi suegro, si no le caigo bien, va a tomar un hacha, decapitarme y clavar mi cabeza en una pica en la puerta de la casa, vikingo style.

Todo esto, más encima, en un contexto más raro que la cresta, partiendo por el viaje mismo. El itinerario no podría estar más alejado del clásico tour por Europa -Torre Eiffel, Big Ben, Coliseo romano- que hace la gente común y corriente -que puede pagarlo-. Mi vuelo parte de Santiago, hace una parada “corta” -espero- en Buenos Aires, y de ahí se pega un pique de 14 horas sobre el Atlántico hasta Amsterdam, Holanda. Ahí, luego de redibujarme la raya del poto con un plumón; deberé correr hasta el siguiente avión, que me llevará hasta Oslo, Noruega. Es ahí cuando la cosa se pondrá bastante rara.

En Noruega me reuniré por primera vez con uno de mis nuevos familiares políticos: mi cuñada, la hermana mayor de mi polola. Ella, luego del que asumo será un encuentro incómodo tipo “así es la cosa nomás, poh”, se encargará de alimentarme con un plato típico de la zona -salmón, ballena, o lo que sea que se coma por esos lados-; y se va a asegurar de que no me quede dormido a media tarde por lo extenuante del viaje y la diferencia horaria -unas 6 horas.

Al otro día, avión nuevamente; ésta vez a Londres. Pero de ver el Big Ben, el puente, la Reina y ese paso de cebra por el que cruzaron los Beatles, nada. No, ahí en Londres no alcanzaré a estar más de una hora. Tengo que tomar un bus que en seis horas se va a adentrar en una tierra extraña, donde por lo que he oído se habla un inglés como medio balbuceado y se toma más cerveza que agua: Gales.

Ya en Swansea, en la costa galesa, voy a por fin reencontrarme con mi rucia. Vamos a pasar un rato ahí, y mientras ella termina sus estudios y su tesis, yo voy a tratar de ver si el inglés que aprendí en el liceo sirvió de algo. Además, por allá estarían en verano. Por primera vez podría ir a una playa, sacarme la polera y no sentirme el ser más pálido del lugar, porque creo que los británicos son más blancos que leche con cloro.

Después de eso y de regresar a Noruega para hacerme el simpático con los suegros -y si sobrevivo-, le tocaría el turno a los amigos mi polola de conocer al ya, a estas alturas, famoso chileno. De nuevo arriba de un avión, esta vez a Israel los pasajes. Muro de los Lamentos, Mar Muerto, su selfie al lado de la cruz del Tatita Dios; o sea, todo lo que se hace por allá. Por lo que sé, ahí estaríamos en Medio Oriente -¿alguién dijo Al-Qaeda?-; pero no hay camellos ni pirámides, lo que vendría siendo una decepción. Igual yo ya he estado en Antofagasta, así que no me sorprende mucho el desierto. Tal vez hasta lo llegue a encontrar medio fome, así que voy a estar feliz de volver a Noruega antes de regresar a Chile.

Con todos estos planes y compromisos, la verdad es que no tengo muchas expectativas, pero sí muchas dudas. ¿Es verdad que el europeo en general no se baña nunca ni usa desodorante? ¿Son fríos, así como medios robóticos? ¿Voy a ser el hombre más moreno en Escandinavia? ¿Las mujeres del Viejo Continente pensarán que soy un latinlover irresistible si logro mover mis caderas en la pista de baile? ¿Echaré de menos los completos, las empanadas de pino caldúas y las sopaipillas con pebre cuchareado? ¿Saldré vivo de Israel? Espero poder resolver todas esas preguntas, y cualquiera otra que vaya saliendo en el camino. Al final, este momento en mi vida será único. Mítico. Impresionante. Transatlántico.

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