Reflexiones matrimoniales.

Hace algún tiempo decidí qué es lo que quiero hacer de mi vida. Quiero ser un guía espiritual, pero no de esos inalcanzables, como el Dalai Lama, sino mucho más cercano y real. Soy imperfecto y eso, más que un defecto, es una virtud. La imperfección nos hace humanos y nos permite estar a todos en el mismo nivel. Aunque, por otro lado, el camino de Iluminación que debo tomar para llegar a convertirme en lo que quiero no está ausente de caídas y contratiempos. Es en esos momentos en que un poquito de perfección me vendría bien. Por suerte, mi vida está siempre llena de sorpresas y hechos que me permiten ver más allá, como lo que pasó ayer.

Este Sábado fui al matrimonio de la hermana de uno de mis mejores amigos. Él, con la mejor voluntad del mundo, me llevó en mi silla de ruedas hasta la iglesia. Fue divertido. Ya en aquel lugar, algunas conversaciones mediante, tuve mi primera reflexión. Me dí cuenta (aunque en realidad es bastante obvio) que, por más tiempo y cosas que han pasado desde el fin de mi relación con la vikinga, ella sigue en mi mente. Cada vez que conozco a una nueva persona, cada vez que estoy con alguien nuevo, ella aparece en mi cabeza. Siempre me preocupó esto, me sentía como un loco obsesionado con ella. Recién ayer pude darme cuenta de que, afortunadamente, no era eso.

Cuando ella terminó conmigo, intercambiamos algunos emails antes de dejar de comunicarnos. En uno de ellos le pedí que por favor nunca se conformara “con menos que esto.” Quería pensar que si ella había decidido cambiarme por alguien más, al menos quería que ese personaje fuera mucho mejor que yo, para que valiera la pena mi sufrimiento. Pero, por otro lado, esto también se aplica a mí. La vikinga cambió mi mundo. Hay un antes y un después de ella en mi vida. Por supuesto que luego de conocerla no puedo buscar ni conformarme con alguien “inferior”. La amé. A ella y a cada parte que logré sentir de su universo. Ella se convirtió desde ese momento en la vara con la que mido y mediré a todas las mujeres que vengan en el futuro. No es una obsesión, es sólo ser objetivo. Si pude tenerla a ella en mi vida, ¿por qué no podría estar con alguien así o mejor aún? Debemos buscar siempre ser la mejor versión de nosotros mismos, y acompañarnos también de las mejores personas que logremos conocer en el camino. Es lo que hasta ahora había hecho de forma inconsciente. Nunca más. Ya sé lo que quiero. Nada menos que lo mejor, nadie menos que ella.

Pero la velada no terminó ahí. Luego del matrimonio vino una lujosa comida en la que el novio, orgulloso, nos mostró un video. Era la historia de amor de él con su ahora esposa. Me emocionó mucho, casi hasta el punto de llorar. La música, las imágenes, las palabras… todo fue muy hermoso. “Yo quiero eso” pensé. Y fue en ese instante en que me dí cuenta de algo más. Mientras se sucedían las fotografías de la vida de cada uno de los novios, por separado antes de conocerse, vino a mí. El amor es un milagro.

“¿Chilena?” Para que yo me acercara y le hiciera esta simple pregunta pasaron 25 años. Nació en Noruega, estudió Retórica y viajó por Europa, Asia y América. Se enamoró, sufrió, rió, se cayó y puso de pie. Trabajó en distintos lugares del mundo, conoció a mucha gente, se hizo de varios amigos. Aprendió español y decidió, tras algunos años de dudas, finalmente retomar su sueño de adolescencia y estudiar Periodismo. Parte de su Magister internacional debía cursarlo en Chile. Un semestre para ser exacto. Cruzó la mitad del mundo para llegar hasta Santiago. Vivió por casi seis meses ahí hasta que una fría noche de Mayo, en una fiesta de intercambio de idiomas, un chileno se acercó a ella para preguntarle si ella era una compatriota. “No, soy de Noruega” le respondió. Él, sin saberlo, había esperado 30 años para oír esa respuesta. Yo había vivido 30 años sólo para ese momento.

El amor es mágico. No responde a la lógica, ya que si fuera posible racionalizarlo no sería amor. Cada decisión, cada camino que tomas, incluso la más mínima palabra que dices o hasta el suspiro más silencioso que das. Todo lo que haces y pasa en tu vida te prepara para ese momento. No lo sabes hasta que lo vives. Pero, por lo mismo, puede que no te des cuenta que lo tienes hasta que ya es demasiado tarde. Afortunadamente existen personas que sí lo saben, o al menos quieren creer con todo su corazón que es así, y hacen algo al respecto. Ayer estuve ahí y lo vi. No, lo sentí. Anoche vi a dos personas que se aman y sentí parte de ese amor en mí.

Mi vida ha probado ser un milagro. Cosas maravillosas han pasado en ella, y de cada cosa mala que pasa, de cada tropiezo, de cada llanto, nace algo mejor. Sobreviví al desierto por amor. Por mi familia, mis amigos. Por mí mismo. Pensé que por fin la había olvidado, pero me es imposible. Pero aunque esto antes parecía malo, ya no lo es más. No sé si alguna vez la vuelva a ver, ni tengo claro si en su corazón yo estoy presente tal como ella lo está en el mío. No sé si en este momento eso importe ya. Más importante que todo eso es que gracias a ella dejé de pensar y comencé a sentir. Dejé de vivir mi vida a través del filtro de la razón y descubrí que amar y ser amado no me es imposible como creía antes. Ahora sólo espero no tener que esperar otros 30 años para volver a decir “te amo.”

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