Soltería 101 – Capítulo 10 – Vikinga

Ella tiene 25 años y es de Noruega. Tiene una melena de pelo corto, delgado y rubio, y unos ojos azules muy expresivos, simplemente hermosos, enmarcados tras lentes que cambia todo el tiempo. La vi por última vez esta madrugada, cuando, luego de besarla en la puerta del taxi, su vehículo se alejó por la Alameda, llevándose un pedazo de mi corazón con ella.

La conocí hace un par de meses en Spanglish, el grupo de inglés del que hablé en el capítulo anterior. No esperaba nada de lo que sucedió esa noche. Yo iba detrás de una gringa que había conocido unos días antes, pero como todo lo bueno que pasa en la vida, me tomó por sorpresa. “¿Eres chilena?” le pregunté, después de que irrumpió en mi conversación con otras personas usando un perfecto español chilenizado. “No, soy noruega” me dijo con una sonrisa pícara.

Aquella primera vez hablamos un buen rato, y yo creí que había cierto interés. De la gringa, al menos en ese momento, me olvidé enseguida. Pero luego de ese día, el contacto por Facebook no fluyó. Casi no me contestaba cuando le hablaba por el chat y casi nunca la encontraba disponible. Entonces mi historia con la otra chica comenzó a desarrollarse en paralelo. Si la americana no hubiera rechazado mi declaración aquel lunes, un par de semanas después, la historia hubiera sido muy diferente.

Tras insistirle y molestarla mucho, logré que la vikinga (una manera bastante obvia de llamarla, por su origen escandinavo) saliera un miércoles conmigo a “hacer un tour” al Barrio Yungay. La verdad es que ese día, luego del lunes devastador que había tenido, no me estaba sintiendo muy seguro de esta cita. Pero cuando, ya en un bar después del paseo, tuve la oportunidad de verla sin lentes y oírla hablarme en español, la situación cambió. “Esa es la cara” le dije. Creo que no pude explicarle a qué me refería, quizás tampoco yo lo sabía. Sí supe en ese momento que me gustaba.

Para no alargar tanto la historia, el lunes siguiente, exactamente una semana después del incidente con la gringa y en el mismo bar en que fracasé con ella, tuve éxito con la noruega. Nos besamos e, increíblemente (claro, con varias cervezas de por medio), terminamos en mi departamento. Si bien yo le había prometido que sólo dormiríamos, fue lo único que no hicimos. Fue la primera de varias noches de insomnio y amor brutal. Muchas noches que ahora que ya no está me parecen demasiado pocas.

No todo fue maravilloso. Su enorme miedo a sentir algo profundo o excesiva racionalidad, considerando que se iría muy pronto de Chile, siempre la hicieron alejarse de mí. No mentiré: sufrí mucho. Su indiferencia cuando no estaba conmigo, su reticencia a presentarme a su grupo de amigos o de que yo le presentara a los míos, y su negación absoluta a cualquier demostración pública de afecto; me destrozaban. Pero cuando estábamos en la intimidad y miraba sus ojos, sentía que todo valía la pena. No hablaba casi nada de sus sentimientos, pero no era necesario. Podía ver su alma en su mirada.

Esta noche vino a mi apartamento por última vez. La acompañé bebiendo su última piscola, y aunque estaba muy dolido y enojado por su alejamiento antes del fin, traté de dejar fuera el resentimiento e hice un esfuerzo final por aplacar mi orgullo y dignidad. No había tiempo para eso. Además fue un gran acontecimiento, pese a lo triste de la velada, el que por fin revelara sus sentimientos. No era el único que sentía algo parecido al amor. Lamentablemente, la alarma del celular sonó, marcando el fin de algo maravilloso. La dejé en un taxi de vuelta a su casa a las 6 de la madrugada. Ahora va camino a Argentina.

Quizás vaya a Buenos Aires a verla antes que se vaya de vuelta a Noruega, o puede que, debido a mi pésima situación económica actual, me quede aquí y retome mi vida donde la dejé. Lo cierto es que ella cambió mi vida para siempre, y aunque vuelva atrás, ya nada será igual. Pensé que nunca sería capaz de amar. A veces llegué a pensar que no tenía corazón. Pero sí tengo, y late muy, pero muy fuerte. Late por ti, mi vikinga.

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