­Soltería 101 – Capítulo 17 – Olvido

Estaba bien. Bueno, en verdad, no tanto. Miles de dudas invadían mi cabeza, pero eran más bien problemas existenciales: qué soy, quién soy, adónde voy. Crisis de los 30. Pero, finalmente, no era ella. Entonces volvió a mi cabeza. Durante las tres últimas semanas de Noviembre no abandonaba mi mente. Simplemente no podía dejar de pensar en ella, mi “ex” noruega.

Mi madre, una mujer mística, ofreció leerme el tarot. Accedí, no perdía nada. La vikinga apareció en la lectura, lo que corroboraba mi teoría. Esa conexión que tuvimos mientras estuvimos juntos aún seguía existiendo. No era el único que pensaba en el otro constantemente. Pero esto no sirvió precisamente de alivio. ¿De qué me servía pensar en ella, o que ella pensara en mí, si ella no quería estar conmigo?

Fue en ese momento en que lo decidí. Claro, nuevamente me guié por el consejo de mi madre mística; un consejo que para mí tuvo mucho sentido. Ir a San Pedro de Atacama, al desierto. Viajar, descansar, relajarme y, sobre todo, meditar sobre mi vida. Un encuentro con mí mismo bajo el sol del Norte de Chile. Sonaba perfecto.

Con un pie roto, a 30 grados de temperatura, completamente solo y atrapado en un cerro en medio del desierto, ya no sonaba tan perfecto. Iba a morir, o eso pensé por algunos instantes. Todo estaba perdido. Pero fue en ese momento que algo cambió en mí. La muerte espiritual que iba a buscar en Atacama terminó muy cerca de ser mi muerte física, pero consiguió el objetivo primario que tenía en mente cuando decidí emprender ese viaje. La olvidé.

En estado de shock, a segundos de haber caído cerro abajo, pensé en lo que realmente era importante para mí. Se cruzaron por mi mente mi familia, mis amigos… incluso una chica con la que quería salir uno de estos días. Pero ella ni siquiera se cruzó por mi mente. Ya no estaba. La vikinga había desaparecido de mí, de mi memoria.

La madrugada del Sábado, sin embargo, soñé con ella. No le dí mucha importancia. Un par de días después revisé mi email. El Domingo había respondido un email que le había enviado una semana antes, para su cumpleaños. Fue como si durante mis horas de insomnio ella hubiera estado pensando en mí y eso me hizo pensar en ella. No sé, suena demasiado esotérico, incluso para mí.

Intercambiamos algunos emails, algo que hace un tiempo me hubiera perturbado. Sin embargo, tras lo que había pasado, ya no importaba tanto. Las palabras dolían, pero poco. ¿Qué sentido tenía? Ninguno. Miles de kilómetros nos separan y, a menos que mi cama volara, no hay opción de llegar donde ella está. Además, con mi pie izquierdo tan quebrado como yo, muchas menos chances existen. Y, al final, no es mi decisión. Ella escogió su destino y éste no me incluye a mí. Punto.

Es gracioso. Yo quería una vida con ella, y el estar cerca de morir me hizo borrarla de mi vida. Claro, mucha mierda pasó entre medio. Esa vida ya no existe; se extinguió en el desierto. El Eduardo que volvió no es el mismo. Espero que las 6 semanas que pasen hasta poder ponerme de pie sirvan para reafirmar esta teoría. O destruirla.

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