Soltería 101 – Capítulo 5 – Terminator

Casi siempre las historias de comedias románticas o dramones sentimentales comienzan con alguien que es abandonado por su pareja. Es fácil identificarse con el sufrido protagonista en sus peripecias por recuperar este amor perdido o encontrar uno nuevo, ya que no cuesta mucho entender su dolor. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos sufrido, al igual que este personaje, y hemos debido recorrer el largo camino de la pena.

Pero, ¿y qué pasa con los otros? ¿Quién retrata la historia de nosotros “los malos”? Porque así me he sentido desde que terminé mi relación: como el malo de la película. Soy Arnold Schwarzenegger vestido con chaqueta de cuero y lentes oscuros, con una escopeta recortada en la mano. “He venido del futuro a cagarte la vida” digo, y empiezo a disparar a diestra y siniestra. Un total hijo de puta.

Un poco más en serio, terminar con mi ex ha sido la experiencia más traumática de mi vida. Ver sufrir a alguien que quieres es malo, pero si a eso le sumas el saber que eres tú quien lo hace sufrir, es horripilante. Aún recordar ese momento me pega fuerte, y las imágenes siguen vívidas en mi cabeza aunque ya ha pasado un buen tiempo desde que esto ocurrió.

¿Y después? Bueno, la vida continúa. Comienzas a deambular por el mundo con la conciencia en llamas, un Infierno en tu cabeza. Esa, mis amigos, es la culpa. Es el mismo sentimiento con el que la Iglesia ha movido masas y que hace que millones de dólares vayan a las arcas de un sinnúmero de ONGs. Es la emoción que domina nuestros días y alarga nuestras noches.

Pero hay que tomarse las cosas con tranquilidad, no todo está perdido. La culpa es una sensación terrible, que mezclada con las demás cosas que nos pasan por la cabeza y lastiman nuestro corazón crea un cóctel devastador. Sin embargo, he logrado contrarestarla. No digo que sea “la” forma correcta de hacerlo, sólo es un camino de tantos que se pueden tomar. Mi receta ha sido salir al mundo, siempre. Claro, tuve un par de semanas de mierda de llorar y pasar varias horas extra al día tirado en la cama. Pero luego, salía. Y hasta el día de hoy, sigo haciéndolo.

Estamos jodidos, no hay forma de huir de nosotros mismos. Entonces, ¿para qué salir, se preguntará Usted, lector inquisitivo? Porque afuera está el mundo, y en el mundo hay gente. Mucha gente. Esa es la gran ventaja de no quedarse encerrado física y mentalmente. Conocer e interactuar con personas nuevas es una excelente terapia. A la larga, oyendo sus historias te vas dando cuenta de que hay cosas mucho peores y lo que te ha ocurrido a ti te comienza a molestarte menos. Además, en ciertas ocasiones puedes llegar a cruzarte con personajes que hasta refuerzan la idea de que tomaste la decisión correcta. Ver a estos seres atrapados en relaciones patéticas sólo por miedo a estar solos o por una dependencia enfermiza a otra persona te ayudará más que cualquier antidepresivo.

Terminar una relación es difícil, y ser el Terminator es un martirio. Pero si te encuentras en esta situación, desde mi propia experiencia te puedo decir que siempre es mejor sufrir un gran dolor de una vez que crear un dolor permanente para ti y tu pareja en el futuro.

Hasta la vista, baby.”

Soltería 101 – Capítulo 4 – Mercado de Carne

Cuando hace ya seis meses terminé mi noviazgo, no lo hice por otra mujer ni por una necesidad imperiosa de volver a ser soltero y entregarme a los placeres de la noche sin cargo de conciencia. La verdad es que necesitaba encontrarme a mí mismo, fuera de la zona de confort en la que había vivido hasta ese entonces. Y, claro, el hecho de que la relación viniera mal hace un rato también sirvió de motivación.

“¿Y ahora, qué?” me pregunté al tiempo de vivir esta nueva realidad. Había salido de fiesta bastante, fortalecí la relación con mis amigos, e incluso hice un viaje a Buenos Aires por un par de semanas. Descontando mi inestable relación con el trabajo y el dinero, las cosas se habían dado bien. Salió a flote una faceta mía que no conocía y me gustaba lo que veía. Pero aún así, me molestaba esta interrogante. “¿Y ahora, qué?”.
Poco antes de emprender el viaje hacia Sao Paulo, Brasil, vino a Santiago una chica inglesa con la que compartí habitación en la hostal en la que me alojé en Argentina. Se hospedó en una hostal a una cuadra de mi departamento, y durante los días que estuvo aquí me convertí en su guía personal. Más allá de la insolación que me dio por pasear bajo el sol por varias horas, a 33 grados Celsius de calor, lo que me quedó marcado de su visita fue algo que me dijo en el momento y lugar precisos.
Estábamos en el Bar Constitución, la disco predilecta de cuanto gringo viene a esta ciudad, un Viernes por la noche. De pronto, me vi rodeado de gente sudorosa, fumando y bebiendo mientras trataban de bailar en un lugar más atestado que el Metro en hora punta, acompañado de mi amiga y dos gringas más. Creo que mi cara de mierda llamó la atención de la dama. Apuntando a la gente que nos rodeaba, me miró y me dijo algo como “you are gonna get lucky tonight” (vas a tener suerte esta noche). “¿Tú crees?” le pregunté. “Sure! This place is a meat market”, respondió. Nunca lo había visto de esa manera, pero tenía toda la razón. Efectivamente, el sitio era un mercado de carne.
Desde ese momento ya han pasado más de dos meses, y la pregunta ya no tiene que ver con qué viene ahora, si no más el cuándo debería hacerlo. Al terminar una relación, se dice que vuelves al “mercado”. Pero, ¿es tan así? ¿Se vuelve de inmediato o hay algún plazo que uno debería cumplir antes? Porque la verdad que el mundo allí afuera es un mercado de carne, y si te metes ahí te conviertes en un pedazo de carne más. El problema es que uno no sabe que corte es, y aunque seas un filete, siempre va a haber uno más jugoso y apetitoso a tu lado. Lo que me lleva a otra interrogante: si nadie me ha “comprado” en todo este tiempo, ¿ya estoy podrido? Todavía no lo averiguo, pero creo que el olor podría darme una pista. De todas maneras, prefiero pensar que soy un bistec congelado. En el fondo, no dista mucho de la realidad.

Soltería 101 – Capítulo 3 – Pega

No había escrito hace un rato, y es porque luego de la “lesión” de la que hablé anteriormente, mis finanzas tocaron fondo. Esto en sí no sería malo si no fuera porque hace casi 5 años vivo solo y debo solventar varios gastos relacionados con el placer de no tener que convivir con mis padres y hermanos, a quienes quiero con el alma, pero aprecio mucho más cuando los veo una vez a la semana.

Angustiado por la idea de tener que retornar al seno materno, durante todo Febrero busqué trabajo incesantemente. Luego de tres semanas, decenas de curriculums enviados y una reducción masiva de mis pretensiones de sueldo, encontré una pega. Tenía ilusiones con respecto a este trabajo. Es una agencia web, con gente joven y ambiente relajado. Ya había trabajado en una agencia antes, y mi experiencia fue increíble. Buenos amigos y mucha buena onda, tanto así que a veces me quedaba hasta tarde sólo por gusto. Pero este lugar terminó siendo terrible.

Empecé el Lunes 25 de Febrero, y quedé espantado. La buena onda que esperaba era inexistente y el contacto entre la gente de la empresa, nulo. Sólo pude relacionarme con mis compañeros de oficina, quienes parecen ser buenos tipos, pero con habilidades sociales que distan mucho de las personas con las que suelo relacionarme. Así que ahí quedé, atrapado, desde ese día. Todo por el vil dinero.

Acostumbrado a la comodidad de mi departamento y a la libertad que entregaba el ser independiente o freelance, podía disfrutar bastante de mi soltería. Si quería salir, salía. Si quería trasnochar, mierda, lo hacía sin importar el o los días de la semana. Pero estas dos semanas trabajando han coartado mis movimientos de una manera salvaje. En promedio, sólo tengo unas 3 o 4 horas, con suerte, de vida. El resto son 10 horas encerrado en una oficina y un par de horas más que desperdicio en movilizarme de mi casa al trabajo y viceversa. ¿Qué se puede hacer en ese tiempo? Osea, se puede hacer mucho más, pero no si no quieres parecer un zombie en el Metro al otro día.

En definitiva, el trabajo es incompatible con la vida. No quedan ganas de escribir, de cocinar (fideos 5 veces a la semana, ¡yummy!) y quizás ni siquiera de follar (como si tuviera alguien con quién hacerlo). ¿Cómo la gente puede vivir así?

Pero de todo esto he sacado una moraleja. Todos pagamos nuestros errores y yo ya estoy pagando el mío. Ahora, de a poco veo como la niebla del karma se desvanece y entre medio se cuela una luz de esperanza. Siempre existirá el Viernes. Se acabará la semana, abandonaré la oficina y me iré directo a emborracharme con algún amigo conocido o por conocer. Entraré en un estado de catarsis del que muy probablemente me arrepentiré el Domingo y odiaré el Lunes. ¿Lo bueno? Tendré plata para volver a hacerlo todas las semanas.

Soltería 101 – Capítulo 2 – San Valentín

No es un cliché. El 14 de Febrero, alias San Valentín y también conocido como “Día de los Enamorados” (“y de la Amistad”, para quienes no quieren sentirse patéticos por estar solos) es una fecha complicada. Echémosle una mirada al porqué.

Desde que las primeras hormonas comienzan a hacer efecto en nuestro organismo, por allá en la pubertad, sufrimos una mutación. No, no estoy hablando de los pelos al sur del ombligo o el cambio de voz. Me refiero al surgimiento de una hasta ese entonces inexplicable atracción por otras personas, que si bien en un 90% de las veces es más carnal que otra cosa, también se expresa con un ridículo romanticismo. Éste alcanza su cúspide este día, en el que la sensiblería se esparce más rápido que un apocalipsis zombie.

Si estamos solos, nos invade un sentimiento incómodo cada vez que nos encontramos con los protagonistas de esta celebración: los enamorados. Tratamos de evitarlos, huir de su presencia, pero están en todas partes: en la tele, la radio, la prensa, internet, y, sobre todo, en la calle. Se pasean por ahí, besuqueándose, tomados de la mano y con una cara de felicidad difícil de pasar por alto. Son una especie de recordatorio de nuestra soledad, y al odiarlos a ellos también nos detestamos un poco a nosotros mismos y nuestra situación actual.

Estar del otro lado tampoco es mejor. Claro, al exterior mostramos una imagen de alegría indescriptible, pero por dentro somos un manojo de nervios. Porque reconozcámoslo: también odiamos San Valentín. ¡Es un maldito estrés! El primero que compartimos con una nueva pareja es terrible, tenemos que hacer algo ultra romántico y especial, sorprender como sea. Lleva semanas de planificación, horas de preparación y varias noches de insomnio. Y con el tiempo no mejora. Si tu relación lleva años, este momento es casi más importante que tu aniversario. Es la oportunidad de limar todas las asperezas, arreglar las cosas e, incluso, intentar revivir la magia del pasado. Seguro que hay amor detrás de todo esto, pero queda opacado por la enorme carga emocional que nos ponemos encima.

Si los dos casos descritos arriba no son suficientes, pues hay un tercero y último, en el que me encuentro ahora: los recién terminados. Este es el escenario más complejo, ya que es una tormenta de sentimientos. Te libras de la presión insoportable de hacer algo este día, pero no necesariamente eres feliz. Sí, estás tranquilo, pero hay una pequeña parte de ti que añora esa angustia. Esta añoranza tiene distintos niveles. Los más altos llevan a ciertas personas a tomar medidas desesperadas para estar junto a alguien este 14 a cómo dé lugar, ignorando valores tan importantes como la dignidad o los Derechos Humanos. Como acompañantes desfilan uno o varios ex, amigos de Facebook, hombres elefantes y hasta seres mitológicos; pasando así a pertenecer a la categoría del “Kamikaze del Amor”.

Pero también hay otra opción, como el arte de hacerse el cool, el relajado. “Estoy solo y no me importa”, será el lema. ¿Panoramas? ¡Claro! Deportes extremos, experimentación con alcohol y drogas varias, y reuniones sociales con los amigos, la familia, ex compañeros de la primaria o la gente del Metro. Lo malo de esta postura es que agota, y bastante. Tienes que demostrarle a todos lo bien que dices estar y, además, creerlo tú mismo. Es la categoría más difícil, la del “Nihilista del Amor”. La mayoría de los nuevos solteros vagan en el medio de estas posturas, caminando en una peligrosa cuerda floja, con el riesgo de caer en cualquiera de los dos extremos más de una vez.

¿Qué opción tomaré hoy? Creo que partir por escribir esto ya es hacer algo. Bueno o malo, no lo sé aún. Pensaré en eso cuando llore abrazado a mi almohada hasta quedarme dormido esta noche.

Soltería 101 – Capítulo 1 – Lesión

Es difícil ser soltero, mucho más si estás muy fuera de práctica. En los 9 años que he estado fuera de las pistas las cosas han cambiado bastante. Por lo mismo y a modo de terapia personal escribiré esta columna. Existe una pequeña posibilidad de que ayude a alguien más o, al menos, eso espero.

Antes del fin, había entrado en una crisis vital. Mi relación ya venía mal, pero hubo un momento en que todo lo demás colapsó. Estaba angustiado, deprimido, en tratamiento psicológico y tomando ansiolíticos. En resumen, estaba cagado. No digo que terminar me curó, pero una vez que pasé la pena, me vi delante de un gigantesco espacio vacío que debía llenar de alguna forma. Era mi decisión enfrentar este desafío con optimismo o pesimismo, así que tomé la primera opción.

Pasaron algunas semanas para tener el valor de aventurarme a salir. Primero con amigos y luego, en un arranque de locura, completamente solo. Creo que ese momento me marcó, tanto así que entré en una especie de euforia. Verán, cuando uno se sumerge de lleno en una relación de pareja, se pierde un poco. Decides modificar tu forma de ser para que todo funcione bien, para lograr un equilibrio con tu compañero. Pero creo que después de tanto tiempo, ya no sólo modificas tu conducta, sino que pasas a adoptar esa nueva personalidad. Y claro, terminas y esa persona que eres ahora ya no tiene sentido, porque ese tú sólo funciona si ese otro sigue a tu lado. “¿Quién mierda soy?” te preguntarás entonces.

No creo que festejando me descubrí a mí mismo, pero sí empecé a conocer partes de mí que me eran desconocidas. De ahí vino la euforia, una gran excitación por conocer todas las posibilidades de esta nueva vida, este nuevo yo. Pero claro, me pasó lo mismo que cuando comencé a hacer running un tiempo atrás.

Octubre 2011, 8 AM. A unas 6 cuadras de mi departamento, con zapatillas de running nuevas, shorts y actitud desafiante, comencé a correr. Lo seguí haciendo por un par de meses, hasta que el dolor de rodillas fue tanto que apenas podía caminar. Era de esperarse: hasta ese momento yo había vivido 28 años de vida absolutamente sedentaria y mi mayor deporte era pararme de mi escritorio para ir al baño o comer algo. ¿Qué pasó al final? Me lesioné.

Volviendo al presente, a casi 5 meses de haber puesto fin a mi relación, me volví a lesionar, pero en mi vida. Verán, esta euforia que sentí me llevó a tratar de hacer todo, rápido. Viajé dos veces, salí de fiesta innumerables ocasiones, conocí mucha gente y gasté demasiado dinero. Viví como si no hubiera mañana, y ahora estoy sufriendo la resaca de ese comportamiento.

Estoy en mi peor momento. Sin trabajo, sin dinero y aún perdido en la pregunta inicial: “¿Quién mierda soy?”. Pero como cualquier otra lesión, ésta debería curarse. Sólo necesita tiempo. Mucho tiempo, para mi gusto.