Soltería 101 – Capítulo 7 – Círculo vicioso

Las cosas no han resultado fáciles. Con la “crisis de los 30” retumbando en mi cabeza y un panorama financiero difuso, el sumar la búsqueda de compañía femenina ha sido todo un desafío. Y yo que pensaba que con toda la experiencia adquirida en mis años emparejado esto de salir al mercado a cazar iba a ser un juego de niños. Pero no, el tema ha resultado ser mucho más complicado que mi pronóstico.
Cansado entonces de cagarla a cada rato, que es básicamente lo que he hecho los últimos meses, decidí buscar ayuda “profesional”. No, no me fui de putas. Acudí a varios personajes que respeto en el área de la conquista, e incluso tomé consejos de gente aleatoria, amateurs. Creo que estaba escribiendo en mi cabeza una especie de enciclopedia o manual de seducción. Aún así, la situación no mejoró, ya que el único gran consejo que se repitió transversalmente en todas las conversaciones que tuve, era inaplicable en mi realidad actual.
Sin importar a quién preguntara, inevitablemente surgía la frase “tienes que estar tranquilo.” Estas palabras, muy sencillas, eran la base de todo. Para mí sonaba totalmente lógico, ya que he visto más de alguna chica del brazo de un esperpento que, sin un ápice de belleza física, destacaba por su confianza. Es que esta característica en particular es la que separa a los ganadores de… bueno… yo.
Creerán a estas alturas que soy un alfeñique perdedor e inseguro, pero no es tan así. Mi gran problema es que me he visto atrapado en un círculo vicioso. Luego de toda esta mala racha, de esta sequía absoluta de contacto con el sexo opuesto, he entrado en una dinámica de ansiedad absoluta cuando se trata de relacionarme con chicas. Claro, la presión de aparentar una tranquilidad que en verdad no tengo es insoportable. De una forma u otra, termino estropeando cualquier interacción antes de que pase algo. Por supuesto que esto me jode la cabeza y me frustra, por lo que mis siguientes intentos con otras minas resultan infructuosos. ¿Y qué pasa ahí? Más frustración, más ansiedad y, obvio, mucha menos tranquilidad.
Como guinda de la torta, las mujeres parecen tener un maldito detector de intranquilidad. Hace un tiempo conocí a una mina que me habían garantizado que estaba prácticamente en celo y que se agarraría a cualquier cosa que respirara. Con la victoria asegurada, desplegué toda mi galantería y encantos para seducir a la joven en cuestión. Si bien no pasó nada esa noche, comprensible dado que las condiciones no se prestaban para un momento de intimidad, volví a mi casa lleno de esperanzas. A los días hablé con la amiga que me la presentó y le pregunté qué le había dicho la mina de mí. “Dijo que eras atractivo y simpático, pero no te tiraría ni loca” me respondió. “¿Por qué?” dije, sorprendido. “Porque dijo que se te olía la desesperación.”
Mierda. Osea, para cagarla más, no sólo soy un manojo de nervios por la falta de sexo, si no que además mi desesperación se huele a kilómetros a la redonda. Justo lo que me faltaba. Pero trataré de verle el lado positivo. Ahora que ya saben que apesto a desesperado, seré muy fácil de reconocer, así que sólo sigan el olor hasta encontrarme e invítenme a una cerveza. Les estaré eternamente agradecido.
PD: Intenté hacer esta columna en video, por el momento no ha funcionado la cosa. Pero no se preocupen, en algún momento Solterísimo TV será una realidad.

Soltería 101 – Capítulo 6 – De vuelta a los negocios

Se acabó la espera. A casi 7 meses de mi ruptura, decidí salir al mercado. Bueno, para ser sincero creo que siempre estuve en el mercado, pero de forma latente nada más. Flirteé por aquí y por allá, jugué a ser un galán y se podría decir que me funcionó… técnicamente. Ya que me estoy confesando, debería mantenerme fiel a la verdad. Lo voy a explicar así: hace años atrás, en la fiesta de bienvenida de mi universidad, me invitaron a jugar futbolito. Yo los miré y les dije: “Compadres, hace como 4 años que no juego, y cuando jugaba era malo.” Pues bien, la misma historia se aplica ahora, pero con las chicas.
Allá por los locos años 2000 yo fui un soltero empedernido, y más que una opción, el celibato era mi karma. No había caso. Por más que me andaba ofreciendo incluso con las minas más feas, siempre volvía a la casa solo y frustrado. Mi vida amorosa tenía menos acción que un juego de ajedrez televisado. Y de pronto, el milagro: conocí a una chica que me aguantó, trató de entenderme y me acogió sin importarle que por esos momentos (y creo que aún ahora) era un pendejo idiota. Esa chica fue mi novia por casi 9 años.
Pero eso ya terminó. Y mirando en retrospectiva, ha sido bastante tiempo fuera de las pistas; tiempo que me juega en contra. A mis 30 años ya debería dominar el arte de la seducción o por lo menos entender en parte a las mujeres. Sin vergüenza puedo decir que no tengo ni la más puta idea de nada. La mujer es un misterio indescifrable para mí.
La situación se ve bien cagada hasta ahora, pero no es tan así. Me encontré en esta encrucijada y siento que encontré una forma de manejarla. ¿Qué mejor forma de entender a estos extraños seres del cromosoma XX que relacionándose con ellos de una manera no sexual? Sí, suena bastante estúpido, pero para mí esto no era tan obvio. Siempre estaba tan necesitado de contacto carnal que la amistad hombre-mujer para mí era un mito. Ahora me encanta. Amo a mis amigas y hacer esa transición del deseo a la fraternidad es lo mejor que me ha pasado.
Y así estoy volviendo al mercado. Recargado, 2.0, un hombre nuevo. Educado bajo los preceptos de mi gurú del sexo (no voy a revelar aún su nombre) y moldeado por el toque femenino. Sigo sin entender a las damas y la verdad que hasta el momento mis intentos de conquista han sido una mierda. Pero cuando recuerdo aquel día en que jugué futbolito en la universidad pese a lo malo que era, me siento esperanzado. La seducción, al igual que el fútbol, es un deporte. Practicando aprendes y te haces mejor, y aunque seas malo, siempre es entretenido jugar.

Soltería 101 – Capítulo 5 – Terminator

Casi siempre las historias de comedias románticas o dramones sentimentales comienzan con alguien que es abandonado por su pareja. Es fácil identificarse con el sufrido protagonista en sus peripecias por recuperar este amor perdido o encontrar uno nuevo, ya que no cuesta mucho entender su dolor. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos sufrido, al igual que este personaje, y hemos debido recorrer el largo camino de la pena.

Pero, ¿y qué pasa con los otros? ¿Quién retrata la historia de nosotros “los malos”? Porque así me he sentido desde que terminé mi relación: como el malo de la película. Soy Arnold Schwarzenegger vestido con chaqueta de cuero y lentes oscuros, con una escopeta recortada en la mano. “He venido del futuro a cagarte la vida” digo, y empiezo a disparar a diestra y siniestra. Un total hijo de puta.

Un poco más en serio, terminar con mi ex ha sido la experiencia más traumática de mi vida. Ver sufrir a alguien que quieres es malo, pero si a eso le sumas el saber que eres tú quien lo hace sufrir, es horripilante. Aún recordar ese momento me pega fuerte, y las imágenes siguen vívidas en mi cabeza aunque ya ha pasado un buen tiempo desde que esto ocurrió.

¿Y después? Bueno, la vida continúa. Comienzas a deambular por el mundo con la conciencia en llamas, un Infierno en tu cabeza. Esa, mis amigos, es la culpa. Es el mismo sentimiento con el que la Iglesia ha movido masas y que hace que millones de dólares vayan a las arcas de un sinnúmero de ONGs. Es la emoción que domina nuestros días y alarga nuestras noches.

Pero hay que tomarse las cosas con tranquilidad, no todo está perdido. La culpa es una sensación terrible, que mezclada con las demás cosas que nos pasan por la cabeza y lastiman nuestro corazón crea un cóctel devastador. Sin embargo, he logrado contrarestarla. No digo que sea “la” forma correcta de hacerlo, sólo es un camino de tantos que se pueden tomar. Mi receta ha sido salir al mundo, siempre. Claro, tuve un par de semanas de mierda de llorar y pasar varias horas extra al día tirado en la cama. Pero luego, salía. Y hasta el día de hoy, sigo haciéndolo.

Estamos jodidos, no hay forma de huir de nosotros mismos. Entonces, ¿para qué salir, se preguntará Usted, lector inquisitivo? Porque afuera está el mundo, y en el mundo hay gente. Mucha gente. Esa es la gran ventaja de no quedarse encerrado física y mentalmente. Conocer e interactuar con personas nuevas es una excelente terapia. A la larga, oyendo sus historias te vas dando cuenta de que hay cosas mucho peores y lo que te ha ocurrido a ti te comienza a molestarte menos. Además, en ciertas ocasiones puedes llegar a cruzarte con personajes que hasta refuerzan la idea de que tomaste la decisión correcta. Ver a estos seres atrapados en relaciones patéticas sólo por miedo a estar solos o por una dependencia enfermiza a otra persona te ayudará más que cualquier antidepresivo.

Terminar una relación es difícil, y ser el Terminator es un martirio. Pero si te encuentras en esta situación, desde mi propia experiencia te puedo decir que siempre es mejor sufrir un gran dolor de una vez que crear un dolor permanente para ti y tu pareja en el futuro.

Hasta la vista, baby.”

Soltería 101 – Capítulo 4 – Mercado de Carne

Cuando hace ya seis meses terminé mi noviazgo, no lo hice por otra mujer ni por una necesidad imperiosa de volver a ser soltero y entregarme a los placeres de la noche sin cargo de conciencia. La verdad es que necesitaba encontrarme a mí mismo, fuera de la zona de confort en la que había vivido hasta ese entonces. Y, claro, el hecho de que la relación viniera mal hace un rato también sirvió de motivación.

“¿Y ahora, qué?” me pregunté al tiempo de vivir esta nueva realidad. Había salido de fiesta bastante, fortalecí la relación con mis amigos, e incluso hice un viaje a Buenos Aires por un par de semanas. Descontando mi inestable relación con el trabajo y el dinero, las cosas se habían dado bien. Salió a flote una faceta mía que no conocía y me gustaba lo que veía. Pero aún así, me molestaba esta interrogante. “¿Y ahora, qué?”.
Poco antes de emprender el viaje hacia Sao Paulo, Brasil, vino a Santiago una chica inglesa con la que compartí habitación en la hostal en la que me alojé en Argentina. Se hospedó en una hostal a una cuadra de mi departamento, y durante los días que estuvo aquí me convertí en su guía personal. Más allá de la insolación que me dio por pasear bajo el sol por varias horas, a 33 grados Celsius de calor, lo que me quedó marcado de su visita fue algo que me dijo en el momento y lugar precisos.
Estábamos en el Bar Constitución, la disco predilecta de cuanto gringo viene a esta ciudad, un Viernes por la noche. De pronto, me vi rodeado de gente sudorosa, fumando y bebiendo mientras trataban de bailar en un lugar más atestado que el Metro en hora punta, acompañado de mi amiga y dos gringas más. Creo que mi cara de mierda llamó la atención de la dama. Apuntando a la gente que nos rodeaba, me miró y me dijo algo como “you are gonna get lucky tonight” (vas a tener suerte esta noche). “¿Tú crees?” le pregunté. “Sure! This place is a meat market”, respondió. Nunca lo había visto de esa manera, pero tenía toda la razón. Efectivamente, el sitio era un mercado de carne.
Desde ese momento ya han pasado más de dos meses, y la pregunta ya no tiene que ver con qué viene ahora, si no más el cuándo debería hacerlo. Al terminar una relación, se dice que vuelves al “mercado”. Pero, ¿es tan así? ¿Se vuelve de inmediato o hay algún plazo que uno debería cumplir antes? Porque la verdad que el mundo allí afuera es un mercado de carne, y si te metes ahí te conviertes en un pedazo de carne más. El problema es que uno no sabe que corte es, y aunque seas un filete, siempre va a haber uno más jugoso y apetitoso a tu lado. Lo que me lleva a otra interrogante: si nadie me ha “comprado” en todo este tiempo, ¿ya estoy podrido? Todavía no lo averiguo, pero creo que el olor podría darme una pista. De todas maneras, prefiero pensar que soy un bistec congelado. En el fondo, no dista mucho de la realidad.

Soltería 101 – Capítulo 3 – Pega

No había escrito hace un rato, y es porque luego de la “lesión” de la que hablé anteriormente, mis finanzas tocaron fondo. Esto en sí no sería malo si no fuera porque hace casi 5 años vivo solo y debo solventar varios gastos relacionados con el placer de no tener que convivir con mis padres y hermanos, a quienes quiero con el alma, pero aprecio mucho más cuando los veo una vez a la semana.

Angustiado por la idea de tener que retornar al seno materno, durante todo Febrero busqué trabajo incesantemente. Luego de tres semanas, decenas de curriculums enviados y una reducción masiva de mis pretensiones de sueldo, encontré una pega. Tenía ilusiones con respecto a este trabajo. Es una agencia web, con gente joven y ambiente relajado. Ya había trabajado en una agencia antes, y mi experiencia fue increíble. Buenos amigos y mucha buena onda, tanto así que a veces me quedaba hasta tarde sólo por gusto. Pero este lugar terminó siendo terrible.

Empecé el Lunes 25 de Febrero, y quedé espantado. La buena onda que esperaba era inexistente y el contacto entre la gente de la empresa, nulo. Sólo pude relacionarme con mis compañeros de oficina, quienes parecen ser buenos tipos, pero con habilidades sociales que distan mucho de las personas con las que suelo relacionarme. Así que ahí quedé, atrapado, desde ese día. Todo por el vil dinero.

Acostumbrado a la comodidad de mi departamento y a la libertad que entregaba el ser independiente o freelance, podía disfrutar bastante de mi soltería. Si quería salir, salía. Si quería trasnochar, mierda, lo hacía sin importar el o los días de la semana. Pero estas dos semanas trabajando han coartado mis movimientos de una manera salvaje. En promedio, sólo tengo unas 3 o 4 horas, con suerte, de vida. El resto son 10 horas encerrado en una oficina y un par de horas más que desperdicio en movilizarme de mi casa al trabajo y viceversa. ¿Qué se puede hacer en ese tiempo? Osea, se puede hacer mucho más, pero no si no quieres parecer un zombie en el Metro al otro día.

En definitiva, el trabajo es incompatible con la vida. No quedan ganas de escribir, de cocinar (fideos 5 veces a la semana, ¡yummy!) y quizás ni siquiera de follar (como si tuviera alguien con quién hacerlo). ¿Cómo la gente puede vivir así?

Pero de todo esto he sacado una moraleja. Todos pagamos nuestros errores y yo ya estoy pagando el mío. Ahora, de a poco veo como la niebla del karma se desvanece y entre medio se cuela una luz de esperanza. Siempre existirá el Viernes. Se acabará la semana, abandonaré la oficina y me iré directo a emborracharme con algún amigo conocido o por conocer. Entraré en un estado de catarsis del que muy probablemente me arrepentiré el Domingo y odiaré el Lunes. ¿Lo bueno? Tendré plata para volver a hacerlo todas las semanas.